
Ilustración de Ana Galvan
Técnicas chidas (¡y prácticas!) para corregir tu novela, tu cuento, tu bonito ensayo y/o artículo o lo que sea, como un verdadero pro de la autocorrección
Después de años, o meses si eres un prodigio, de procastinación, de borrar, de reescribir, de enfrentarte a la hoja en blanco, de llorar porque no sirves para nada, las epifanías a medianoche, buscar por horas un archivo porque ni te acuerdas del nombre de tu novela, el asedio constante de amigos y familiares ¿y pa cuándo tu -librodeloquesea-? etc. etc. etc., por fin le pusiste punto final a esa historia y…
Es probable que sepas que el siguiente paso es pulir ese diamante en bruto, lo cual en principio, parece bastante fácil. ¿Ay, qué?. Unas comitas, unos acentos por ahí… ¿Qué calculas? ¿Un par de semanas de chamba y ya está?
Imprimes un ejemplar de tu -librodeloquesea-, o decides joderte la vista leyendo en la pantalla de la compu. Capítulo uno, vas bien, vas bien. Mmmm… Bueno, no tan bien. No te acuerdas que habías escrito eso, ¿te cae que escribiste eso?, no mames, ¿estabas en drogas o qué? chale…
Cierras el libro, o el archivo, te tiras al piso en posición fetal, piensas que estarías mejor si hubieras sido actuario, tú primo Rubén la está armando chido en el mundo de las aseguradoras y en cambio tú acabas de echar a la basura un par de años de tu vida creyendo que hacías algo bien: escribir.
¿Te suena familiar?
En un mundo ideal, no sabes de lo que hablo. Hiciste un manuscrito perfecto, lo leíste de principio a fin sólo para darte cuenta de que eres el siguiente Cervantes Saavedra. Ojalá sea tu caso. Pero si no, aquí te dejo algunos consejos que me han servido para superar ese incómodo momento de enfrentarme a un texto que creía acabado para darme cuenta de que aún estaba a la mitad del camino.
Primero lo primero, acabar un texto
Habrá para quien esto no sea un problema. Pero para muchos, o por lo menos para mí, lo más difícil de escribir nunca ha sido tener una buena idea que desarrollar sino desarrollarla y después, llevarla a buen fin. Tengo en el cajón, real y virtual, un sinnúmero de obras, cuentos, ensayos, críticas y novelas que empezaron pero que nunca acabé. Uno piensa que es lo normal. Y puede ser que sí, escribir es un capricho y si responde a una necesidad íntima y personal siempre va a obedecer a las inquietudes que nos carcomen el alma y jamás serán las mismas. Podemos creernos la historia de que escribimos para nosotros mismos y que sólo lo hacemos para desahogarnos, me pasó por mucho tiempo. La cuestión es que un día me di cuenta de que llevaba años escribiendo sin escribir nada en realidad, y por más bohemia que quisiera ser, sentí una gran necesidad de concluir uno de esos tantos proyectos encajonados.
Tomé varios textos desperdigados y comencé a escribir una novela que se conformaba pedazos de diarios de viaje de un personaje en distintos momentos y latitudes de su vida. Ni siquiera quiero contar cuánto tiempo me llevó escribir aquel primer esbozo. El caso es acabé un primer borrador de ochenta cuartillas y lo di por terminado.
Aquí haré una pausa para hablar de lo importante de este apartado. Sea como sea, el texto salió. Es decir, por primera vez en mi vida empecé un texto y le puse un punto final. ¿Cómo? Era mi segundo intento por escribir una novela. El primero fue un fracaso. Lo hice en un taller literario y cada vez que leía un avance, las críticas de mis compañeros me hacían dudar. Entonces me empeñaba en corregir cada capítulo y perdía muchísimo tiempo en eso, además de que después empecé a escribir para complacerlos (lo cual como en todo taller literario, jamás pasó). Cuando me di cuenta, llevaba cincuenta cuartillas de un libro que yo no quería escribir, intenté volver a corregir pero sólo me frustré más y terminé por abandonar el proyecto.
Por eso decidí que mi segundo proyecto lo haría en solitario. Y así fue. Me impuse una regla, iba a escribir de principio a fin y ya al final me encargaría de corregir. Me senté a escribir y escribir y escribir y escribir y escribir. Y éste, es mi primer consejo:
Ya sea que lo hagas en solitario o en un taller, empieza a escribir y no pares. Vuelve atrás sólo cuando sea necesario recordar algo de la trama, vuelve atrás sólo cuando eso que vas a ver te va a impulsar hacia adelante, no para corregir (y habrá quien diga que “pa’tras ni pa coger impulso). Nada que escribas será perfecto a la primera, aprende a vivir con eso y no pierdas tiempo.
Yo no habría logrado esas ochenta cuartillas si me hubiera preocupado por la corrección antes de saber siquiera lo que quería escribir. Ese primer impulso que nos sienta a escribir tiene que servir como una búsqueda por la propia voz, por lo que se quiere decir, más que en la corrección lingüística.
Hasta ahí, yo estaba segura de que tenía una novela corta. Se la di a leer a varios amigos y personas de confianza. Todos me dijeron lo mismo: no había un hilo conductor entre las historias, no se sabía desde donde hablaba el personaje, estaba chido pero faltaba que pasaran cosas, etc. etc. etc. El atrabancarme y escribir sin retroalimentación de otros tuvo sus consecuencias, pero no me arrepiento. Tienes que saber qué tipo de persona eres. Para entrar a un taller hay que tener mucho carácter para no perder la propia voz o una idea perfectamente clara de lo que se quiere decir. En mi primer intento por tallerear una novela, yo no tenía ninguno de los dos. Pero unos años después, escribir ese pequeño manuscrito me dejó claras muchas cosas sobre mis procesos y sobre la voz que quería desarrollar.
Al final, de esas ochenta cuartillas sobrevivieron… chan chan chan… Tres páginas a lo mucho, y el título de la novela. O sea que me tuve que sentar otra vez y escribir de principio a fin. (Esta vez tuve la asesoría de alguien que me daba retroalimentación y me obligaba a hacer entregas de capítulos cada semana, la periodicidad y los comentarios me fueron guiando y me ayudaron a terminar la novela con menos accidentes)
Después del punto final
Por ahí del segundo año de trabajo llegué al tan esperado punto final. El texto y yo nos dimos nuestro espacio y después de un mes de reposo llegó el momento de releer. Me sentía muy segura, pensé que ya no pasaría de algunos ajustes y que en menos de lo que esperaba tendría mi versión final. Como siempre, me equivoqué. Y es que después de escribir viene la verdadera talacha: la corrección, que es al punto al que quería llegar con tanto choro. Y ahora sí, sin más paréntesis, te cuento lo que para mí ha sido el proceso de autocorrección que me ha llevado a ver la luz al final del túnel.
1. Reléete.
Aunque parezca obvio, así tiene que ser. Imprime tu texto, engargólalo y olvídate de que es tuyo. Léelo de principio a fin como si se tratara del libro de cualquier otro. Eso sí, pluma en mano y:
2. Identifica los puntos débiles del texto.
Ya sea porque lo tallereaste o porque llevas chingo de tiempo trabajando en él, es muy probable que ya sospeches cuáles son los mayores problemas del texto. Los primeros serán los que vas a identificar conforme avance la lectura y desde la primera página, es decir, los problemas que pueden surgir con el uso del lenguaje.
¿Es mi texto inteligible?
No te compliques la vida, verifica que lo que intentas decir se puede entender. Aunque debería ser obvio, es muy fácil perderse en la sintaxis y a veces muchos de nuestros problemas radican en omitir cosas tan simples como que cada oración debe tener un sujeto seguido de un verbo. A veces en la búsqueda de la originalidad nos hacemos bolas y terminamos escribiendo oraciones rebuscadas que no dicen nada, créeme, sujeto+verbo nunca falla. Asimismo, evita abusar de la subordinación que siempre nos tienta porque creemos que sólo tenemos una oportunidad para decir eso que carcome nuestra alma desde que éramos chiquitos y nuestra mamá nos acostaba y nos leía cuentos y entonces unos acaba haciendo una sola oración que en realidad es todo un párrafo y que al final no dice nada y sólo tiene un chingos de qués y la verdad está bien chafa. Más o menos como la última oración. Aquí entra también la puntuación. Lee en voz alta tu texto. Si se te acaba el aliento en medio de una oración, detente a ver qué está pasando. Pon las comas y puntos en su lugar.
Vicios del lenguaje
Cuando tenemos la urgencia por acabar un texto, vomitamos lo que llevamos adentro para decir eso que sólo nosotros podemos decir. Lo más probable es que sin pensarlo usemos recursos que nos faciliten la tarea de seguir adelante y eso está perfecto. Al momento de corregir debemos buscar las fórmulas y vicios de las que echamos mano al momento de escribir en un primer impulso, pero que empobrecen o hacen menos claro nuestro texto. Algunos ejemplos son:
–Anfibología o ambigüedad: cuando una oración podría tener más de una interpretación, pero nosotros no queremos eso. Solo llegó Ernesto. Uno puede creer que hice una fiesta y que nadie llegó más que Ernesto, convirtiéndolo en mi único amigo en el mundo. Bueno, entonces sería bueno ponerle el acento al adverbio sólo. Ahora, la verdad es que Ernesto es un imbécil y en realidad nadie lo quiere a él, entonces convendría hacer un ajuste sintáctico (porque se entiende mejor si empiezo con el sujeto y coloco el adjetivo después del verbo) y entonces aclaro que Ernesto llegó solo.
–Adjetivación: Sí, es muy tentador decir que nuestro personaje estaba muy angustiado. ¿Pero a poco no suena mejor decir que la angustia le taponaba la laringe mientras que de repugnancia el estómago se le cerraba como un puño? (Roberto Arlt optó por la segunda opción). En un primer momento calificar con adjetivos puede darnos idea de lo que queremos decir, pero un texto siempre enriquecerá si logramos transmitir imágenes e ideas que más allá que describir nos ayuden a sentir, el adjetivo es poco efectivo para esto.
–Verbos fáciles: A menos que seas todo un súper maestro de la lengua, es muy probable que tu primer borrador esté plagado de “ser”. “estar”, “haber”, “decir”, “ver”. Estos verbos son tan amplios que pueden ser sustituidos por acciones más específicas que nos ayuden a visualizar mejor lo que queremos expresar.
Estos son sólo tres ejemplos de vicios que empobrecen cualquier texto. Ojea algunos manuales de redacción e identifica los que aparezcan en tu manuscrito.
Vicios personales
Ya que te diste una vuelta por los manuales de redacción, te darás cuenta de que habrá vicios que tú usas pero que tal vez son poco comunes. Por ejemplo, en mi novela descubrimos que tengo una tendencia casi obsesiva a que todas mis oraciones sean negativas, así que tuve que ponerme las pilas e identificar esos momentos de pesimismo para darle un mejor ritmo al texto y evitar el abuso de no, no, no, no, nunca, no, nadie, no jamás. Identifica tus propios vicios, tus muletillas, palabras rebuscadas y demás.
Tiempos verbales.
Recuerda que tu texto debe estar escrito en un tiempo y en un espacio. El narrador que hayas escogido deberá tener clara su posición con respecto a la historia, ya sea un narrador decimonónico, onmipresente, omnipotente, omnívoro; o lo que quieras. Sé consistente en el uso de tiempos verbales y toma decisiones de forma deliberada: si decides usar un presente histórico o narrar todo en pasado no te olvides de ello. Aquí también te recomiendo desempolvar tus libros de gramática para conocer todas las posibilidades para jugar con los tiempos y modos verbales.
Ortografía.
No es para nada lo más importante ni en lo que tendrías que enfocar tu atención, pero no está de más ir verificando si tienes dudas con una u otro palabra, poner acentos y corregir errores de dedo que pudieran escaparse.
3. Desarrolla ortotipográficas personales
Las marcas ortotipográficas son las que usan los correctores de texto usa para hacer saber los cambios que se deben efectuar en un texto antes de irse a imprenta. Por ejemplo, un cuadrito significa que hace falta una sangría al principio de un texto, o tres rayitas indican que la palabra tiene que empezar con mayúscula, etc. Una vez que has leído tu texto, o por lo menos en los primeros capítulos, ya habrás identificado los errores o vicios más comunes. Crea tus propias marcas para corregirlos. Hace poco Nora Coss escribió por acá sobre el sistema de subrayado con colores que ella usa para identificar los errores de puntuación o “desahogos de su patética y miserable vida” en sus textos. Yo, como no podría tener varios marcadores de colores porque los perdería, me limito al uso de un marca textos y un stabilo de color. El marcatextos lo usé para hacer súper visible mi problema de negación y con el stabilo me inventé varias marcas; por ejemplo, un cuadro cada vez que usaba un “verbo fácil”, un círculo para marcar palabras que se repetían varias veces en un mismo párrafo, subrayado doble para los adjetivos que podían convertirse en una mejor descripción, etc. Estas marcas te ayudarán a encontrar soluciones más rápidas y editar al momento de la reescritura.
4. Identifica los puntos débiles de la estructura
Será conveniente que desde un principio tu texto esté dividido en capítulos para facilitarte hacer una verificación total de la obra. Mientras vayas leyendo, en un archivo aparte, haz resúmenes de cada capítulo: en dos o tres líneas describe lo más relevante de cada uno, qué personajes aparecen y qué aporta a la historia y en qué página empieza y acaba. Una vez que termines la lectura tendrás una escaleta general de tu texto. Ésta te ayudará a hacer un análisis de detalles mucho más amplios que el uso del lenguaje, es decir, un análisis de la estructura y sus elementos. Para esto puedes hacerte preguntas:
–Narrador. ¿El narrador es consistente? ¿Desarrolla su propia voz? ¿Narra siempre desde el mismo lugar? ¿Si no es así, tiene sentido?
–Desarrollo de personajes. ¿Es claro lo que quieren mis personajes? ¿Les pasan cosas? ¿Cambian los personajes? ¿Dicen lo que quieren decir? ¿Tienen un conflicto? ¿Lo resuelven?
–Avance de la historia. ¿Cada capítulo aporta algo a la historia? ¿La trama de los personajes avanza? ¿Se repite algún capítulo?
–Cabos sueltos. ¿Se dice todo lo que debe saberse sobre la historia y los personajes? ¿Olvidé cerrar asuntos? ¿Aparecen y desaparecen personajes? ¿Me hace falta decir algo?
–Orden de eventos. ¿Éste es el mejor orden para contar mi historia? ¿Puedo empezar de otra forma? ¿Puedo acabar de otra forma? ¿Hay algún personaje que tenga que aparecer antes? ¿Hay algún personaje que tenga que aparecer más tarde? ¿Hay una conclusión?
(Ojo que las preguntas anteriores no quieren decir que haya una sola forma de contar una historia, es decir, pueden existir los cabos sueltos o finales abiertos, digresiones, cambios de narrador, etc. etc. etc., siempre y cuando sean orgánicos con la historia y no sólo una omisión por distracción, olvido o capricho del autor)
4. Reescribe
En este punto ya tienes visión de las fallas tanto generales como particulares de tu texto. Es el momento de sentarte y ponerte a escribir… otra vez. Para mí, ésta solía ser la peor parte: cuando me daba cuenta de toda la chamba que me hacía falta y no sabía por dónde empezar. Muchos de mis proyectos literarios no pasaron de la reescritura por culpa de mi desorden. La forma en la que logré resolver el conflicto esta vez fue en realidad muy simple:
Tenía dos archivos, uno impreso y uno digital. El digital lo convertí en pdf para que no pudiera modificarse y el impreso tenía todas las correcciones. Hay que verificar que la paginación y el formato sea exactamente el mismo en ambos archivos. Y después: abro un archivo en blanco, le pongo como título TÍTULODEMINOVELA 2A VERSIÓN y, sí, empiezo de cero. Claro que a diferencia de la última reescritura, no me deshice de todo el texto anterior.
Primero hice un análisis de toda la escaleta. Me di cuenta de que había capítulos prácticamente repetidos y de los que podía prescindir, que algunos personajes aún necesitaban más desarrollo, así que con flechas, marcas y comentarios, empecé a modificar la estructura general para lograr, al menos desde la distancia, una historia más redonda. Entonces, sin modificar el archivo original, comienza la reescritura haciendo copy-paste y cotejando siempre el manuscrito digital con el impreso para hacer las correcciones pertinentes.
Una vez que copio un pedazo de texto de la versión en pdf y la paso al nuevo archivo, abierto en un procesador de texto, me encargo de resaltar en gris el texto usado para no volverlo a copiar, y aunque prescinda de párrafos completos, si no están muy chafas, los dejo sin marca alguna, para saber que ese material está disponible para entrar en otra parte de la historia si es necesario. Lo que de plano pienso que tiene que desaparecer lo tacho. De modo que el archivo original se ve más o menos así:
Así, nunca pierdo de vista la estructura original y tengo un apoyo visual para saber cómo se está transformando el texto.
Con base en la escaleta corregida, voy haciendo los cambios necesarios, capítulo por capítulo. Por ejemplo, cambio la primera aparición de un personaje principal del capítulo 10 al 5 o de plano elimino el capítulo 6 porque es igual al 4, y al 8 le agrego un conflicto que haga avanzar la trama porque me di cuenta de que no pasa nada. Al mismo tiempo hago las correcciones particulares que marqué en la versión impresa, es decir; elimino ambigüedades, corrijo ortografía, amplío descripciones sin usar adjetivos, sustituyo verbos fáciles, etc. Aunque esto también suene obvio, empieza por el primero, haz las modificaciones necesarias, elimina lo que no sirva y agrega lo que haga falta y ahora sí, no sigas adelante hasta que no quede como debe ser, hasta que no digas lo que quieres decir.
5. Deja que otros te corrijan
Muchos te dirán “ya quiero leer tu libro” y tal vez lo harán una vez que esté publicado. Lo cierto es que serán pocos los que tengan la disposición de hacerlo de verdad y sobre todo mientras sea una manuscrito inacabado. Sin embargo, es importante que encuentres lectores críticos y honestos que puedan ayudarte a ver lo que tú ya no puedes ver. Y es que piensa que tu texto es como un hijo, por más que te esfuerces habrá defectos que tú ya no podrás identificar a simple vista, por lo que tener otros ojos encima te ayudará. A mí me ha funcionado pedirle a un par de amigos que lean los avances de mi segunda versión. Así, conforme yo avanzo les envío adelantos. No es lo mismo que de un jalón le pidas a un amigo que lea todo tu mamotreto a que le pidas que se eche unas paginitas por semana. También la retroalimentación mientras reescribes te podrá indicar si vas por buen camino en el proceso de corrección.
6. Reléete en voz alta.
Habrá quien opine que la lectura en voz alta la tendrías que hacer desde el principio, a mí me lleva mucho tiempo y es por eso que he decidido aplazarlo para el último momento, una vez que he hecho todas las correcciones pertinentes e incluso después de dejar el texto descansar un rato.
La historia del texto no acaba aquí, pero al menos después de la autocorrección tendrás una versión mucho más cercana a la final: tu pedazo de carbón estará mucho más cerca de ser un diamante. Y estarás seguro de tener una obra con la calidad suficiente para entrar al proceso de edición.
¡Banda! Jimena Zermeño, autora de este artículo, estará dando (18 de julio) un taller online justo sobre este tema. Redacción, ortografía y corrección para escritores. Si les latió el conocimientos de la Jime, aprovechen. Aquí está toda la información, programa, costos y formación de la maestra: Info del taller o denle click a la fotito.