
Ilustración de Celia Lowenthal
Sobre por qué tus rechazos literarios son insignias chingonas para ser presumidas. Lee la entrada, únete al movimiento y presume todas las veces que te han mandado a la verga.
Esta entrada fue publicada originalmente por Chuck Wendig en ingles en www.terribleminds.com
Esta mamada es veneno literario; la vil prosa con la que está escrito hizo que vaciara las tripas encima del gato del vecino.
Como a lo mejor ya sabes, hasta ahora he recibido —*checa su email — una no insubstancial pila de rechazos de mi novela Blackbirds. Todavía está en la oficina de un par de editores, pero la mayor parte de ellos ya le ha dicho que no, y cuando dicen que no le pasan una nota a mi agente, y ella me pasa las notas a mí.
La verdad eran rechazos bastante buenos, digo, si algo como eso existe. Un rechazo malo sería, por su puesto, algo como: “Esta mamada es veneno literario; la vil prosa con la que está escrito hizo que vaciara las tripas encima del gato del vecino. Y mi vecino es muy peleonero”.
Los rechazos eran una mezcla de varias cosas, pero la mayoría, positivos — les gustaba mi voz, les gustaba cómo escribía, y hasta les gustaba el libro (¿?!¡), querían ver lo que escribiría después, pero esta historia, humm, tal vez no era para ellos.
Está chido.
Digo, al principio no se sentía tan chido. Al principio yo me quería ahogar en una cubeta de aguas negras y luego saltar enfrente de un camión de basura.
Y luego rematarme comiéndome un pan de muerto relleno del virus del chikungunya
Pero la neta, lo superé.
Osea, así está la onda: cuando se trata de rechazos, puedes hacer dos cosas. La primera es entregarte al drama más turbio; tomar ese rechazo como una señal de los dioses de que eres un pobre pendejo y que el mundo estaría mejor si en vez de escribir te hicieras conserje, tope de calle para que los coches se frenen, o mula para pasar heroína.
La segunda forma es levantarte del polvo, sacarte la flecha del pecho (sí, va a doler: trata de no chillar) rellenarte la herida con unos montoncitos de lodo y regresar a la batalla.
Acuérdate: fracasas hasta que lo logras. Así es la vida: un juego de avanzar en centímetros —ir progresando en incrementos agonizantes. Claro, a veces das un salto cabrón hacia adelante, o te deslizas un poquito hacía atrás, pero ¡ni modo¡ ¡ a chingar a su madre! ¿Qué más vas a hacer? El martes te fue de la chingada; ¿vas a apuñalarte con un tenedor en la cien sólo para no ver lo que va a pasar el miércoles? Escribir a veces se siente como haber escogido un oficio miserable y masoquista, pero también tiene esos mareos de altura que no puedes ignorar. Además, lo haces porque no puedes hacer nada más. La verdad, yo arrinconé a mi ser y le dije: tienes un talento y sólo un talento: hacer malabares con las palabras.
¿Qué más voy a hacer?
Sales del otro lado del rechazo y sí eres de verdad, la cosa empieza alejarse del drama y la angustia y se mueve hacía la gozosa y ardiente rabia —esa rabia que te hacen abrir más los ojos y castañear los dientes.
De pronto, te das cuenta que esos rechazos no son insignias de la vergüenza, sino más bien, pinches chingonas cicatrices de batallas. Una chingadera vikinga. Tus rechazos son la prueba de que no sólo estás hablando, si no que estás haciendo lo que tienes que hacer.
Los rechazos con no son insignias de vergüenza, sino chingonas cicatrices de batallas. Compartir en X¡Chingado! Te estás arrastrando a través de las trincheras.
Estás apuñalando personas en el cuello con tu pluma.
Con tu manuscrito estás peleando contra Valkirias y azotando sus cabezas contra el lodo con tu laptop.
¿Sabes qué es lo que hace a un verdadero escritor? Los rechazos, eso es. Eso es lo que separa a los habladores de los que hacen —los escritores que se engrapan los rechazos en el pecho y le entran a los putazos con ellos como armadura, bueno, ellos son los que están peleando las batallas para ganar la guerra. Todos los demás sólo pretenden hacerlo.
Así que a esa conclusión te tienen que llevar tus rechazos.
Insignias de honor.
La prueba de que no eres un hablador.
Sí, necesitas aprender de ellos y no seguir haciendo lo mismo de siempre una y otra vez esperando un resultado diferente, porque bueno, eso es obviamente una pendejada.
Pero aprendes.
Avanzas.
Eso es lo que yo voy hacer.
Digo, después de acabarme este pancito de muerto relleno de chinkungyuya.
Los rechazos son los que separan a los habladores de los escritores. Compartir en XAprovecho estas sabias y chingonas palabras del maestrazo Chuck Wending para sacar a relucir mis trapitos. Aquí les van, pues, mi lista de todas las veces – que me acuerdo- que me han mandado a la verga (literariamente – porque las otras son muchas más). No sean gandallas y luego de deleitarse con mis rechazos, compartan los suyos. Como dice el Manifiesto de los escritores que solo quieren escribir: ¡presuman sus cicatrices!
¡Démosle la vuelta a esto! En vez de solapas con montones de premios y becas, nombremos los rechazos que nos hacen escritores chingones! ¡A huevo, putos!
Mis insignias
Todos los concursos literarios de mi primaria y secundaria
El primer cuento que escribí a los 15 años (no me acuerdo del nombre del concurso)
Mi primer novela de adolescencia rechazada por anagrama (me emocioné con la carta de rechazo-Imagínense, Anagrama dirigiéndome una carta a mí)
Fundación para las letras mexicanas 2009
Cuentos del estrecho 2009
Jóvenes creadores 2009
Jóvenes creadores 2010
Jóvenes creadores 2011
Jóvenes creadores 2012
Como 10 veces en los concursos que hace Alberto Chimal en su página
Ampara Dávila 2015
Amparo Dávila 2016
Premio Alfaguara 2016
Premio Spiwak 2016
Jóvenes creadores 2013
Jóvenes creadores 2016
Concurso de Fundación Caja Mediterráneo Gabriel Miró
El fungible
Premio de Narración breve UNED
Premio Dos Passos a la primera novela
Premio tusquets editores de novela
Premio Herralde de novela
Premio Planeta de novela
Premio clarín de novela
The Poetry Magazine
Mis obritas para Micro-teatro
Muchos cuentos y poemas en variedad de revistas físicas y digitales
Premio de narrativa Torrente Ballester
Convocatoria editorial de páginas de espuma
Varios concurso de mini ficción
Revista Luvina
¡Changos! Yo de presumido y ni son tantos… ¿ya ven lo que pasa? ¡Ya hasta pena me dio! ¿Por qué no tengo más? ¿en donde me escondí todo ese tiempo que no estuve mandando mi trabajo a ver si pegaba? ¡Chale1