
Ilustración de Pablo Salvador
Reflexiones chingonas del viejo poeta sobre el acto de escribir, la inspiración y el concepto de vivir del oficio.
El corte de la gema tiene que terminarse antes de que veas su brillo
Esta entrada fue publicada originalmente en inglés en Brain Pickings.
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El cantante, compositor, poeta y novelista canadiense Leonard Cohen (nacido el 21 de septiembre de 1934) se encuentra entre los mayores espíritus creativos y apasionantes del siglo pasado. Un monje budista Rinzai, ganador del Premio Grammy a la carrera artística y muchos otros reconocimientos, llevó la canción popular al campo de la poesía, incluso filosofía. Cuando Bob Dylan saltó a la fama, Cohen ya tenía varios volúmenes de poesía y dos novelas bajo su autoría, entre ellas la aclamada Beautifil losers, que llevó a Allen Ginsberg a declarar que “Dylan le voló la cabeza a todo mundo, menos a Leonard” Una vez que se convirtió en autor de canciones, a finales de los sesenta, el mundo de la música cambió para siempre.
Del impresionante compendio de entrevistas de Paul Zollo: Songswriters on Songwriting, (que también nos dio: Pete Seeger sobre originalidad, Bob Dylan sobre el sacrificio y el inconsciente, y Carole King sobre exhalación vc. inspiración) sobresale una espectacular y amplia conversación de 1992 con Cohen, quien comienza considerando el propósito de la música en la vida humana.
Siempre existen canciones significativas para alguien. La gentes está cortejando, buscando a sus esposas. la gente está haciendo bebés, está lavando los platos, pasando el día con canciones que podemos encontrar insignificantes. Pero su significado lo afirman otros. Siempre hay alguien afirmando el significado de una canción cuando toma a una mujer entre sus brazos o al sobrevivir una noche. Eso es lo que dignifica una canción. Las canciones no dignifican la actividad humana. La actividad humana dignifica a la canción.
Cohen aborda su trabajo con una extraordinaria pericia que refleja la noción de que la ética del trabajo remplaza lo que llamamos “inspiración”, algo articulado por aclamados y diferentes creadores como el laureeado Tchaikovsky (“Un artista que se respeta a sí mismo no puede doblar las manos con el pretexto de que no está de humor”), la novelista Isabel Allende (Aparece, aparece, aparece y después de un rato, las musas aparecerán también), el pintor Chuck Close (La inspiración es para amateurs, el resto de nosotros solo se presenta a trabajar) el querido autor E.B. White (“Un escritor que espera las condiciones ideales para trabajar morirá sin poner una palabra sobre el papel”) el autor victoriano Anthony Trollope (“Lo que creo sobre escribir un libro es lo mismo que lo que creo sobre la hechura de zapatos. El hombre que trabaje más duro, y que trabaje con el propósito más honesto, será el que mejor lo haga”), el diseñador Massimo Vignelli (“No hay diseño sin disciplina.”). Cohen también le dice a Zollo:
Escribo todo el tiempo. Y mientras las canciones empiezan a surgir, no hago nada más que escribir. Quisiera ser una de esas personas que escriben canciones rápido. Pero no lo soy. Así que me toma una gran cantidad de tiempo descubrir cuál es la canción. Así que estoy trabajando todo el tiempo.
[…]
Encontrar una canción que puedo cantar, comprometerle mi interés, superar el aburrimiento de mí mismo y de mi desinterés en mis propias opiniones, superar esas barreras, la canción tiene que hablar conmigo con cierta urgencia.
Poder encontrar la canción que me interesa me toma varias versiones y requiere muchas revelaciones.
[…]
Mi verdadero campo de pensamiento es burocrático y parece un embotellamiento. Mi estado mental real es muy parecido a la sala de espera en una oficina de gobierno. Así que superar su parloteo y debates sin sentido ocupa la mayor parte de mi atención, tengo que idear algo que hable realmente de mis intereses más profundos. De otro modo, me quedo dormido de una u otra forma. Encontrar esa canción, esa canción urgente, requiere muchas versiones, mucho trabajo duro y mucho sudor.
¿Pero por qué mi trabajo no tendría que ser duro? El trabajo de todos es duro. Uno se distrae por la noción de que existe algo como la inspiración, que viene rápido y fácil. Y algunas personas son bendecidas con ese estilo. Yo no. Así que debo trabajar tan duro como cualquier otro para lograr algo.
Después agrega:
La libertad y la restricción son sólo términos lujosos para alguien que está atrapado en un calabozo en la torre de la canción. Estas son sólo… ideas. No tengo la sensación de restricción o libertad. Sólo tengo la sensación del trabajo. Tengo la sensación de la labor dura.
Cuando le preguntan si alguna vez encuentra disfrutable aquella “labor dura”, Cohen hace alusión a la distinción entre trabajo y labor creativa de Lewis Hyde y plantea lo que en realidad significa el trabajo satisfactorio:
Implica cierta alimentación. El estado mental es muscular. Eso te da cierta zancada mientras caminas por el sombrío paisaje de tus pensamientos internos. Hay cierto tono en tu actividad. Pero la mayor parte del tiempo no ayuda. Es sólo trabajo duro.
Pero creo que el desempleo es la mayor aflicción del hombre. Aún la gente con trabajo está desempleada. Yo puedo decir, feliz y pleno, que estoy empleado por completo. Tal vez el trabajo duro significa estar completamente empleado.
Cohen después ilustra el punto de que las ideas no sólo se le aparecen con una anécdota encantadora, citando a un amigo escritor que una vez dijo que la mente de Cohen “no está contaminada por sólo una idea”, lo que él tomó como un gran cumplido. Al contrario, enfatizó el valor de la repetición y nota que su trabajo consiste en “sólo versiones.” Cuando Zollo le pregunta si cada canción comienza con una idea lírica, Cohen responde con un desafío lírico.
[Escribir] empieza con el apetito de descubrir mi autorespeto. Para redimir el día. Para que sea provechoso. Comienza con ese tipo de apetito
Cohen aborda la pregunta sobre dónde vienen las ideas con encanto e irreverencia, y produjo así la frase ahora legendaria que Paul Holdengräber citó en su conversación con David Lynch sobre la creatividad. Cohen hace eco de los pensamientos de T.S. Elliot sobre la cualidad mágica de la creatividad y le dice a Zollo:
Si supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría ahí más seguido. Es una condición misteriosa. Es como la vida de una monja católica. Estás casado con un misterio.
Pero las reflexiones más conmovedoras de Cohen sobre la escritura de canciones trasciende lo específico del oficio y se extiende a lo universal de la vida. Ante la sorpresa de Zollo por el hecho de que Cohen ha desechado estrofas completas, reflexiona sobre lo necesario de la perseverancia en el proceso creativo, esta noción que, antes de desistir, tuvimos que haber invertido todo de nosotros mismos para que el cuadro completo se revele y justifique el abandono, lo que aplica por igual a todo, desde trabajo hasta amor.
Antes de que pueda desechar el verso, tengo que escribirlo. No puedo desechar un verso antes de escribirlo porque su escritura es lo que produce lo que sea que nos encanta o interesa o va a captar la luz. El corte de la gema tiene que terminarse antes de que veas su brillo.
Cohen vuelve a la noción del trabajo duro casi como un imperativo existencial:
Siempre trabajaba duro. Pero no tenía idea de lo duro que era hasta que algo cambió en mi mente… No sé bien que fue. Tal vez la sensación de que todo este negocio es limitado, que hay un final a la vista… Que eres realmente mortal.
Considerando su persistente interés en el proceso en sí mismo, más que en el resultado, Cohen se pronuncia a favor del arte de la auto-renovación al explorar las profundas recompensas y gratificaciones que lo mantuvieron por medio siglo:
Tiene que ver con dos cosas. Una es la urgencia económica. Nunca hice suficiente dinero como para decir, –Oh, creo que voy a comprarme un yate y bucear–. Nunca tuve ese tipo de recursos disponibles para tomar decisiones radicales sobre lo que haría en la vida. Además de eso, me eduqué en la que después se conoció como la Escuela de Poesía de Montreal. Antes de los premios, antes de los galardones, antes incluso de que hubiera chicas a las que les importara lo que yo hacía. Me reunía con un grupo definido de personas. No había premios, como dije, sin reconocimientos más que el trabajo mismo. Leíamos los poemas de los otros. Estábamos apasionadamente involucrados con los poemas y nuestras vidas estaban involucradas con este oficio…
Teníamos en la mente los ejemplos de poetas que siguieron con el trabajo todas sus vidas. Nunca hubo una sensación de incursión en el mercado, que tenías que idear un éxito y salir corriendo. Esa idea no echó raíces en mi cabeza sino hasta hace muy poco…
Así que siempre tuve la sensación de estar en esto para siempre, mientras te dure la salud y seas lo suficientemente afortunado como para tener a tu disposición estos días podrás seguir haciéndolo. Nunca tuve la sensación de que hubiera un final, de que hubiera un retiro o un premio mayor.
Qué hermoso testamento para el espíritu creativo y sus motivaciones reales, para la contribución creativa que viene de un propósito más que del hambre por ganancias.
Songwriters on Songwriting es un tesoro escondido lleno de sabiduría en cada página, y junto con las conversaciones de Zollo con íconos como Suzanne Vega, k.d lang, David Byrne Neil Young.